¿QUÉ SERÁ PEOR, VIVIR EN ANARQUÍA, O CON LEYES QUE NO APLICAN?

¿Será mejor tener la certeza de que en México no hay justicia, a saber que sí hay leyes, pero que no aplican siempre ni para todos? Porque entonces sabríamos que la solución estaría en nuestras manos y no andaríamos a medias aguas, esperando un rescate en altamar que nunca llegará.
Creo que cuando algo está mal o no funciona, existen dos opciones: erradicarlo o corregirlo. El punto de partida es evidente, las pruebas son irrefutables y el diagnóstico es claro. Pero cuando algo es mediocre o difuso, cuando es y no es, resulta difícil detectar dónde empieza y dónde acaba, y si esta situación nos afecta, surge el cuestionamiento de si será esto mediocre por sí solo o si estamos colaborando de alguna manera, siendo parte del problema.
Varios casos prácticos ejemplifican el problema:
– Cuando durante las campañas electorales, el gobierno sólo acepta el pago de impuestos en efectivo. La cajera y el contribuyente saben que eso es un asalto sin armas, un robo evidente y tras el duelo de miradas entre ambos, termina perdiendo quien se traga su coraje y entrega el dinero.
– Existe mediocridad en el voto de castigo que se otorga a los candidatos en las elecciones, para que gane un ladrón, pero que pierda un loco; o cuando creemos que un funcionario público es mejor que otro porque ‘robó menos’. Es como tomar un vaso de horchata y escoger el menos sucio o dejarse inyectar con la aguja menos infectada. ¿En qué momento se volvió esto una forma de vida, el aceptar las cosas mal hechas y conformarse con lo ‘menos peor’? En lugar de exigir hasta conseguirlo, el que las normas se cumplan, la policía proteja y el gobierno no desfalque al pueblo.
– Cuando al tramitar la licencia de conducir, el ‘doctor’ que practica el examen de la vista te tapa el ojo con un plástico infectado de conjuntivitis, y reconoces que optar por tragarte tus palabras es lo más recomendable, para no generar represalias que pudieran modificar la amabilidad del trato o poner en riesgo la precisión del diagnóstico.
– También surge la indignación cuando creemos que vivimos en una democracia, pero somos testigos de una monarquía hereditaria, o cuando en un destino como Quintana Roo, los actos violentos de un sindicato de taxistas logran la victoria contra la plataforma de Uber y las consecuencias las pagamos los ciudadanos y los turistas.
El camino está tan andado, de la impotencia a la resignación, cuando se acumulan los muertos sin tumba, los damnificados sin casa, y los enfermos sin medicinas.
Las injusticias, las verdades a medias y la mediocridad del sistema son inasibles, porque no es fácil detectar el origen del problema, el principio y el fin. No existe sensación más desconcertante que la falta de certeza, no se puede estar ‘medio embarazada, aplicar la justicia a veces, o ser medio corrupto’, como no se puede tener mala ortografía o ser amigo sólo en las buenas; se tiene o no se tiene; se es o no se es.
Para lograr un cambio, siempre será más sabio asumir la responsabilidad de lo que nos sucede y no sólo señalar culpables. ¿Con qué acciones u omisiones estaremos siendo partícipes del mismo mal que nos aqueja?

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