¿MALO POR CONOCIDO, O PEJE POR CONOCER?

 

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Columna #PeRiPeCiA, Revista Cancuníssimo.com

1 de diciembre de 2017

 

¿Qué sucede cuando nos peinamos para la foto de la credencial actualizada del INE, deseamos ejercer el derecho al voto y no hay un sólo candidato con la legitimidad necesaria para detentar un cargo público? Cuando las opciones en la boleta no son convincentes.

La elección sin libertad, no es elección. La elección, sin oferta de opciones, es coacción. Las contadas ocasiones en las que ha existido alternancia de poder en el país, el voto, más que un acto de discernimiento, se ha convertido en una herramienta de protesta.

Entonces nos enfrentamos con tres variantes posibles: el voto de castigo, el voto nulo o la abstención.

La pregunta común ya no es: ¿por quién no votar?, si no la desazón que produce el no saber por quién sí y no por falta de voluntad ciudadana, sino por la ausencia de certeza frente a las opciones puestas sobre la mesa.
Los candidatos presidenciales más fuertes al día de hoy, se debaten entre: un hombre persistente, de lento pausar e ideas obtusas, y un títere más del dueño del circo con muchas deudas políticas por pagar.

Quisiera un día poder votar sin este sentimiento de traición que me produce el tener que elegir siempre “al menos peor, al que robe menos o al que lo oculte mejor”. Porque decidir entre morir de salmonella o por intoxicación de pejelagarto no es elegir; ambas opciones aniquilan el concepto principal que se le atribuye a la “libertad de elección”, pues la consecuencia de ambas es la muerte. Elegir cómo morir, no es elección, es mera cortesía.

Comprendo cada vez más la mentalidad de los vecinos del norte cuando optaron por apostar su voto a un candidato que prometía lo opuesto al sistema establecido, que ofrecía un cambio con evidentes baches en el camino, decantando un hartazgo general. El pueblo votó contra décadas de dominación de la clase gobernante tradicional y la evidencia de resultados intangibles; obedeciendo a una necesidad de arriesgar, de embarcarse a bordo de una nave prometedora que surcaría aguas profundas; asumiendo las consecuencias naturales de la inexperiencia y manteniéndose a flote por pequeña que fuera la esperanza. Si esto nos llegara a suceder en México, si el pueblo se hartara, perdiera la confianza y creyera en el nuevo mesías, ésta decisión nos causaría graves estragos, pero no sería un hecho sorpresivo, porque sabemos que ya son muchos años que lleva hirviendo la olla express.

Sería un placer votar, asumiendo un escenario ideal donde la democracia representativa funcionara y tuviéramos candidatos confiables con historial impecable, verdadera experiencia y realmente interesados en el bienestar del pueblo; lo que implicaría un gran paso de avance en nuestro país.
Aún sabiendo de sobra (más por tradición que por expectativa); que la voluntad del electorado no se define en las casillas porque al final muchas urnas se secuestran, las manos que cuentan las boletas a veces están atadas, y los sistemas de conteo de votos se caen, sin explicación ni represalias.

Creo que tenía mucha razón Emma Goldman (Anarquista norteamericana de origen judío-lituano) al decir lo siguiente:

“Si votar sirviera para cambiar algo, ya estaría prohibido”.

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