LO QUE SE EXTRAÑA EN NAVIDAD, Y LO QUE SE OLVIDA EN AÑO NUEVO.

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Columna #PeRiPeCiA, Revista Cancuníssimo.com

8 de diciembre de 2017

 

Diciembre es un mes a punto de ebullición donde se cuecen a fuego lento las tradiciones, tanto en la cocina como en el alma. Se respira el olor a canela y el pavo horneando calienta el ambiente, suspira el pino a medio secar que se mezcla con el olor a tinta del papel de regalo. Caras nuevas se cuelan en las fotos y otras no vuelven a aparecer.

La Navidad trae consigo una dosis concentrada de nostalgia, esa que se siente a gotero los domingos. Se vuelve más evidente la ausencia de las personas queridas que ya no están, que no pudieron venir, o no quisieron estar; cada motivo con su propio peso. Es una fecha cargada de expectativas, siendo un constante recordatorio de cómo nos gustaría que fuera ese día, y no siempre lo es. Los pequeños son más sabios y disfrutan estas fechas de una forma natural: abren los presentes, viven el presente y nos dan así, lecciones de vida.

¿Será que la nostalgia se siente también porque es una celebración que ha perdido el sentido? Habiendo un motivo real y suficiente que festejar, se ha sobrevaluado la importancia de Santa Claus, los regalos y el: “¿qué ropa me pongo?”.
¿No será que tenemos nostalgia de honestidad?
¿Qué sentido tendría celebrar si tuviéramos una navidad sin niños?

El descanso de éstas fiestas es breve pero suficiente para planear el festejo de año nuevo, fecha que se ornamenta con rituales. No creo en las supersticiones, pero siempre me será divertido ver gente correr por la calle con maletas vacías para atraer viajes futuros a lugares lejanos o comprarse calzones de colores para conseguir amor o felicidad.

Entre muchas tradiciones hay una que parece haber sido maquinada con alevosía, premeditación y ventaja. Está sombreada de humor negro, con tinte de burla o mala jugada, como el rifle chueco de las ferias de pueblo:
Al ritmo de 12 campanadas, debes comer 12 uvas sin atragantarte, quitando las semillas y con los cachetes llenos, pedir con la lucidez atropellada 12 deseos; una misión imposible de culminar al pie de la letra. Me pregunto si la prisa no será intencional, para que nos demos cuenta de que no se puede y nos demos pausas, que pensemos antes de actuar; que no pidamos doce deseos, sino menos, pero bien.

Como si esto fuera poco nos exigimos también definir los “propósitos” para el año que viene, que desde ya, tienen sabor a no ser; porque si estuviéramos convencidos de la meta ya nos habríamos inscrito al gimnasio en septiembre o hubiéramos dejado de fumar en primavera. Pero no. Sabemos que nos falta voluntad y nos sobra fantasía.
Lo bueno es que éstas falsas promesas se las hacen muchos, así que si en marzo te sigue apretando el pantalón, nadie te lo podrá recriminar porque estarán igual.

Propongo este fin de año, sincerarnos.
Por mi parte, comeré una sola uva, en un minuto, y me haré solo una promesa.
Es justo todo lo que puedo comer y desear, en tan poco tiempo.

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