LO QUE NUNCA SUCEDÍA EN CANCÚN.

Columna de opinión #PeRiPeCiA, Revista Cancuníssimo.com

Publicada el 14 de septiembre de 2017

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De los 19 años que llevo viviendo en Cancún, sólo en dos ocasiones se me ha cimbrado el corazón a punto del microinfarto. La frase que retumbó en mi cabeza en ambos sucesos fue: “No; esto no pasa en Cancún. Aquí no.”

La segunda vez fue ahora, con el temblor. Vivo en el piso 9 de un edificio y al sentir que mi cama se movía, mi primera reacción (como ante cualquier evento sorpresivo y atemorizante) fue la negación. En 10 segundos atravesé por la etapa del duelo seguida del dolor y cuando me estaba cambiando de ropa ya estaba en la fase final de aceptación. Corrí a despertar a todos, mientras los candiles del comedor se mecían y las ventanas crujían. El perro ya estaba despierto y actuando muy raro desde antes.
Bajamos por las escaleras con la prisa que provoca el miedo y una vez abajo, nos sentimos un poco a salvo. Instantes después empezaron a llegar los mensajes por chat, y me maravilló darme cuenta de lo resilientes que somos. Me encantó leer a mis amigos en CDMX que después de confirmar que todos estuviéramos bien, dijeron: “ahora preparémonos para las réplicas”. Porque ya sabemos qué pasa y ya sabemos qué hacer; como también sabemos que la vida sigue y nosotros también.
Al bajar de mi departamento al jardín, me di cuenta que no me había llevado nada en las manos, porque nada necesito, la vida es lo más preciado y la salvamos por instinto. Me encantó saber que tenemos ésta hermosa resiliencia que nos hace adaptables y sobrevivientes y flexibles.
La primera vez que se me cimbró el corazón, fue cuando empezaron a haber balaceras en Cancún, en zonas que antes se consideraban tranquilas.
Perdí la inocencia que había recuperado cuando llegué a vivir aquí, después de que nos tocó una persecución armada en una plaza comercial y los empleados del negocio donde estaba con mis niños, nos mantuvieron resguardados por una hora, en una bodega con piso de cemento y sin aire. Me dolió Cancún, me dolió mi gobierno y me dolieron mis hijos. Porque mientras lloraban de miedo, les tuve que explicar que el mundo no era tan bueno como ellos creían. Tuve que recurrir al juego de: “policías y ladrones” para explicarles lo que estaba sucediendo, y entonces dejó de ser un juego. Y dejaron, un poco, de ser niños. Mis hijos no tenían por qué sentir miedo a morir. Aunque son niños tienen claro que las pistolas disparan balas que matan y sabían que por eso estábamos escondidos. Entendieron también que podían morir ellos, y que podía morir yo. Ellos no tenían que saber lo que se siente estar cerca de la muerte, no a ésa edad, no así, y no por falta de gobernabilidad en el “paraíso”. Desaparecieron los lugares seguros de la ciudad, las zonas escolares y residenciales no se respetaron. La casa se volvió nuestra cárcel por unas semanas, mientras los delincuentes gozaban de total libertad. Sabía que esto sucedía en regiones alejadas del centro de la ciudad y entonces la distancia no me hacía sentirlo tan cercano, ni tan real. Saber esto provoca el mismo sentimiento de alivio; como cuando te enteras que el huracán que estaba enfilado para pegar en las costas de Quintana Roo, de repente se desvía a Florida.
No te da gusto…pero sí.

Siempre he estado a favor de la verdad, pero en este caso hubiera preferido seguir viviendo una mentira y que los efectos de la inseguridad que prevalecían en el Estado, no hubieran pasado tan cerca de mí.

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