LA MAGIA DE LA DEMAGOGIA

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Columna #PeRiPeCiA, Revista Cancuníssimo.com

24 de noviembre de 2017

 

LA MAGIA DE LA DEMAGOGIA.

Cuando la clase gobernante voltea la mirada al interés general por atender el interés particular, la realidad se trastoca y se desvirtúa, las aguas se contaminan y adquieren un nuevo tinte, se definen nuevas reglas del juego y el beneficio es unilateral:
La monarquía se transforma en tiranía,
la aristocracia en oligarquía,
y la democracia en demagogia.

Aquí es donde empieza la magia: la demagogia se ha convertido en una práctica frecuente, su herramienta principal es el recurso lingüístico que sostiene ideas, emociones y percepciones mediante el “discurso político”. En la repetición de promesas e ideales que el pueblo sigue encontrando placer en escuchar, a sabiendas de que puede ser otra herramienta disuasiva de campaña. Se crea con gran habilidad la ilusión del falso dilema, el ataque a lo establecido y la promesa del cambio; hace uso de slogans pegajosos, sonrisas en carteles y propuestas hechas en serie, repetibles, predecibles; insostenibles. A través de la retórica se busca incentivar los anhelos, las pasiones, o los miedos de la gente para conseguir el favor popular.

No sé si esto se atribuya exclusivamente a la falta de opciones viables en la boleta electoral o si éste factor se entrelaza con nuestra religiosidad histórica; pero ante el desgastado discurso de un aspirante en campaña, parece nunca morir la fe del pueblo, misma que se vuelve el alimento principal de la convicción, cuando la razón no alcanza para dar explicaciones. La fe ciega, la que a pesar de las pruebas cree en lo que siente y no en lo que ve, la que insiste en perseguir una utopía. Y olvidamos que en la política no hay santos, ni tampoco se realizan milagros.

Entonces la demagogia se convierte en arte; nos pinta una versión distorsionada de la realidad y otra más borrosa del futuro, nos vende espejitos, compramos reflejos, su discurso apela a la emoción más que a los hechos; a la recuperación de la confianza perdida y a obviar los antecedentes, se avoca a crear confusión expresando conceptos fuera de contexto, calcando un mundo que hemos soñado, pero que sólo hemos visto con los ojos cerrados.

A pesar de todo esto, el ilusionismo reiterativo del conejo sacado del sombrero sigue funcionando y no hay razón práctica para cambiar el discurso, mientras éste siga cosechando aplausos y adeptos.
La única forma de dejar de creer en la magia, es conociendo el truco, acercándose a la verdad para analizarla y agudizando la mirada sobre lo importante. El cuestionamiento y la indagación son clave, la necesidad de buscar explicaciones a un movimiento rápido de manos que siempre se apoya en el elemento de distracción, para que nuestra vista nunca esté donde la credibilidad del mago peligra. El show se vuelve una farsa cuando en vez de fe ciega optamos por el razonamiento, por elegir con conciencia aunque las opciones sean escasas, a involucrarnos en asociaciones civiles que generen presión aunque sea efímera, apoyar a manifestaciones ciudadanas aunque marchen pocos, exigiendo transparencia aunque no se logre siempre, yendo en contra de la impunidad aunque te expongas, levantando la voz aún a los oídos sordos… y mientras escribo todo esto, recuerdo nuestra historia política, me cuestiono cuánto cambio tangible ha conseguido mi voto, suspiro… y voy perdiendo un poco la fe.

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