CARTA A MI HIJO, PARA VERME COMO MADRE

 

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Columna #PeRiPeCiA, Revista Cancuníssimo.com

27 de octubre de 2017

 

CARTA A MI HIJO, PARA VERME COMO MADRE.

¿Qué hice mal para que creas que si estás enojado y te vas a la cama sin cenar me haces daño a mí? ¿Qué mundo retorcido te he fabricado en el que crees que tu inanición me pega directo, como si el cordón umbilical siguiera existiendo entre los dos, pero a la inversa? ¿En qué he fallado al hacerte creer que sobre ti, peso yo? Que tus decisiones me afectan tanto, que con el tiempo podrías dejar de hacer lo que quieres en la vida por complacerme o que en acto de rebeldía harías lo contrario a lo que deseo, pensando que el daño es para mí. Creo que a veces, mis miedos te los he clavado tanto en la piel, que sientes las espinas del rosal como si fueran tuyas, cuando lo único que debí querer para ti, fue que olieras las rosas.
¿Cómo pude hacerte creer que cuando me enojo contigo es por ti y no por mis frustraciones? y que te he confundido cuando presumo de darte libertad dejando que avientes tus peluches contra la pared cuando estás furioso, pero te prohíbo que tires sillas al piso y que los juguetes se estrellen, te digo que eres libre de sacar tu enojo pero sólo si no rompes cosas, cuando sé bien que el coraje se pulveriza mejor cuando algo se hace trizas, cuando un entero se fracciona.
No sé ser madre hijo hermoso, no hubo escuela; los consejos de la abuela no me alcanzan porque al parecer todos tenemos que aprender a caminar andando y este es un examen que nunca se aprueba. Han habido veces, que mi ignorancia de ser madre te ha mellado, y mis dedos han quedado hendidos en ti, mi niño moldeable de barro, cuando veo que te he pintado un mundo surrealista y te lastimo. Cuando eras pequeño y te golpeabas con las esquinas de las mesas yo regañaba a los muebles por haberte lastimado, para después darme cuenta de la incongruencia, y entonces cambiarte la versión por completo ante tus enormes ojos cafés llenos de asombro y explicarte que la mesa no tenía la culpa, que eras tú el responsable de fijarte por donde caminabas; que los pasteles no se quemaban solos, sino es quien los hornea quien tiene el descuido, y no es de sorprender entonces si rechazas la cena antes de ir a la cama, pensando que el castigo es para mí, si yo misma te había confeccionado un mundo irresponsable que no se sostiene.
Quédate tranquilo siempre, sabiendo que eres libre de ser y escoger, y si en apariencia me hace mella lo que decides, que no te importe; sigue tu camino porque duele querer complacer y nunca hacer suficiente, porque nunca podrás llenar un vacío que no es tuyo.

Me es difícil en ocasiones, frente a tus pequeñas rebeldías, distinguir esa línea inasible entre la rigidez de las costumbres que te impongo y el respeto a tu libertad de ser.
No sé si te estoy ayudando a aprender de la vida, haciendo lo correcto, o si obligarte a hacer lo correcto es lo peor que puedo hacer para ti, ¿correcto para quién? Como: ¿por qué los codos no deben recargarse sobre la mesa si no le estás haciendo daño a nadie? La cuchara en el plato base de la sopa tiene sentido, te he explicado el orden práctico de los cubiertos sobre el mantel y que masticar con la boca cerrada es agradable para los de enfrente; pero no poner los codos sobre la mesa, como tantas otras normas que seguí a ciegas, se tornó indefendible. Entonces me doy cuenta de las lecciones que me das cuando te rebelas, porque me obligo a cuestionarme si son trascendentes o si las impongo porque creo que parte de ser mamá es aplicar reglamentos sin filtro, porque así es y siempre ha sido.

Sé tu a pesar de mí. Aunque sigamos discutiendo y te dé coraje que no me puedas imponer consecuencias cuando no he sido imparcial o me he equivocado. No he podido encontrar las palabras para explicarte por qué la vida no es justa con los niños. Por qué a pesar de estar equivocada un “soy tu madre” que te hace virar los ojos hacia el techo, nunca ha tenido sentido, ésa frase almidonada que se ha vuelto mi último recurso, cuando la razón no me alcanza. Porque no sé educar solo en amor, si no impongo leyes rígidas para ser aceptado en este mundo que cada vez más, se rebela contra lo establecido.

Si mañana no despierto, sigue siendo tú. Hazle caso al corazón, eso si te lo he enseñado bien, espero… Cuando te he dicho que antes de tomar una decisión no confíes sólo en lo que dice tu cabeza sino que lleves tu manita al corazón y sientas lo que sientes, y actúes siéndote siempre fiel, si te sientes bien y en paz, entonces hazlo, sin lastimarte a ti, ni a nadie.
Pero te he confundido tanto cuando te he dicho que podías decir groserías porque tus nuevos compañeros lo hacían y que experimentaras si te hacía sentir bien porque nunca lo habías hecho, hasta que te escuché decir una soez que no comprendías y después de prohibirla, tuve que explicarte con términos anatómicos por qué un dedo de la mano que no tiene pecado original es ofensivo; que se le ha impuesto una connotación negativa a los órganos sexuales y un significado grotesco y cuando lo entendiste dijiste que no tenía sentido, porque un dedo era una parte más del cuerpo como el codo o la rodilla, pero mi vida; la gente escogió partes del cuerpo humano para insultar, ese dedo es grosero y hay cosas que no puedo cambiar; pero sube los codos a la mesa hasta que encuentres una razón para no hacerlo y sobre todo séte siempre fiel y no hagas nada por encima de ti, ni por ser aceptado ni por caber en lugares nuevos.

No hay persona más en contacto con su esencia que un niño, y en eso me ganarás siempre; ojalá no lo pierdas por llenar tu cabeza de ideas que no son tuyas; no las creas de inicio, duda siempre, cuestiona, tal como lo hicimos con el ratón de los dientes y santa claus. Si no te suena lógico haz preguntas, no te tragues los conceptos, ni las ideas, ni las leyendas, ni la comida sospechosa; si tu instinto te alerta, siempre pregunta: ¿qué es esto que me sirven en el plato esperando que lo coma? Sabe bien qué es lo que vas a meter a tu cuerpo y a tu mente. Duda del aguacate ennegrecido, del pescado baboso, de la carne con manchas verdes, del regalo de un extraño, de los chismes de un amigo; de hacer cosas a oscuras, de mentirle a tus padres, duda de las certezas de los otros y luego también duda de las tuyas. No hay mayor placer en la vida que aprender. Descubrir que estás equivocado es de humanos, pero encontrar placer en reconocer el error es de sabios, porque te abre mil puertas donde pensabas que había solo una y eso es fascinante.

Y sábete bien, que cuando te haces daño a ti, como ahora que no quieres cenar antes de dormir, sólo a ti te dejas sin hambre, solo a ti te suena la panza, a nadie le afecta que no comas, porque el hambre que acumulas hoy, mañana te hará desayunar doble, el que no comas ya no me asusta. Lo que me asusta es que en este camino de aprendizaje has sido mi hijo conejillo y te pido que disculpes mi ignorancia, que perdones mis injusticias y mis conceptos equivocados. Cada día que creces, aprendo por ti y por mí.
Sábete que te amo aunque a veces no sepa cómo educarte, porque no siempre seguir las reglas, estar quieto en la mesa con la servilleta sobre las piernas o ser el consentido de la maestra significa que seas un niño feliz. Rompe lo que te he dicho y prueba, pero siempre sabiendo que te tienes que cuidar y que eres responsable de tu cuerpo, de tu alma y de tu vida. Hazte caso siempre a ti.

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